Maneras de viajar
Entrega 53: Colectivos, palomas y algunas preguntas sobre la atención y el tiempo.
Es una gran suerte
no saber del todo
en qué mundo se vive.
(Wisława Szymborska)
Camino por el pasillo y retumban mis pasos.
En mis épocas de estudiante universitaria, la terminal de ómnibus de Retiro era un lugar al que venía seguido: la puerta de salida hacia mi casa en el campo, la puerta de entrada a la maraña de la gran ciudad.
Vuelvo después de muchísimos años. ¿Así es como se siente entrar al túnel del tiempo?
Está casi igual a como la recordaba: los kioskos de diarios, las dársenas con olor a cigarrillo, los bolsos y valijas apilados en el suelo, las caras de cansancio. Si no fuera por los celulares, nada haría pensar que pasaron más de veinte años.
Llego temprano. Soy de las que piensan que, cuando hay que viajar, es mejor salir con tiempo y esperar que llegar corriendo con el corazón en la boca.
Elijo un asiento y me dispongo a esperar. Enfrente mío, dos hombres, que se me antojan hermanos por su parecido físico, se ríen con ruido mientras miran la pantalla de un celular. Uno de ellos tiene una panza prominente que la remera negra que lleva puesta apenas alcanza a cubrir. En un costado, se ve una larga cicatriz vertical que parece el mástil de una bandera. Cada tanto, cuando la carcajada gana espesura, el mástil se convierte en una culebra que repta y se desliza por un terreno pantanoso.
Viajo a Tandil para atender un asunto familiar. Mando un mensaje al grupo de hermanos para avisar que ya estoy acá. Hermano cuatro dice: “Ahora, máxima atención al colectivo, no podés terminar en Ascochinga”.
¿La distracción es un rasgo que tuve siempre y fui profundizando con los años o es una novedad de los últimos cinco? Siempre creí que era una persona enfocada y atenta; ya no estoy tan segura. Mi cabeza es un lugar lleno de pasillos y puertas laterales por las que suelo perderme. Lo que miro siempre me lleva de viaje.
La chica del bar va y viene detrás de la barra. Me dan ganas de pedir un café, pero enseguida lo desestimo. Viajar cinco horas y media con una llamarada de fuego en la garganta, además de un riesgo innecesario, me parece un pésimo plan. El climaterio convirtió mi cuerpo en un territorio que apenas reconozco. Elijo la prudencia y me conformo tomando de a sorbos el agua que traje en una botella que dice, en letras blancas, OXA B12. ¿A cuántos años estoy de tener que empezar a tomar complejos vitamínicos y suplementos para compensar cosas que mi cuerpo ya no produce?
A esta hora, el movimiento de la terminal tiene la modorra de la siesta. No hay rastros del tráfico frenético del horario de la noche. Me acuerdo del hormiguero de los fines de semanas largos o las vísperas de las fiestas. La única vez que casi pierdo un colectivo fue un 23 de diciembre. Estaba con hermana dos. Los pasillos eran una marea humana por la que apenas se podía avanzar. Llegamos a la dársena y La Estrella que teníamos que tomar se estaba yendo. Tuvimos que correr unos cuantos metros, a los gritos y haciendo señas.
Ahora que lo pienso, esa vez no fue la única. La otra fue haciendo el trayecto contrario, desde el campo hacia acá. Cuando llegamos con padre a la terminal del pueblo, el colectivo ya se había ido. Lo perseguimos a toda velocidad por el boulevard, padre tocaba la bocina y le hacía luces. Lo alcanzamos pasando la rotonda de la salida, ya en la ruta.
De los tres libros que traje, elijo Pequeña novela de Oriente, de Santiago Loza. Aunque el libro es interesante, no logro avanzar mucho. Cada vez que levanto la cabeza de la página, veo algo que me da curiosidad. Por ejemplo, esa paloma. Roba las migas del suelo y camina tan cerca de mis pies que, en cualquier momento, creo que los va a picotear también. Sus ojos son dos puntitos oscuros y redondísimos. En el cuello tiene una mancha de plumas violáceas y un poco tornasoladas. Su color me hace acordar a los pavos reales de madre. Una vez tuve un novio que odiaba las palomas de Buenos Aires; decía que eran palomas alienadas.
Me acuerdo del aula 232 de la Facultad de Filosofía y Letras. Las palomas entraban por los vidrios rotos de las ventanas. En general, permanecían en el fondo pero cada tanto ganaban confianza y avanzaban hacia la parte de adelante, donde una profesora pelirroja se sentaba sobre el escritorio y nos hablaba de la psicología evolutiva del niño. Por más que intentara que el tema me interesara, me resultaba aburridísimo. La persona que era en ese momento ni se imaginaba que después iba a ser mamá de tres.
¿Fue en esas clases cuando empecé a cuestionarme si estaba estudiando la carrera correcta? Aunque no logro ubicar el momento preciso en que esa pregunta se instaló dentro mío, como un gusano con hambre que empezó a masticar de a poco las certezas que había construido, sí recuerdo las noches viajando en La Estrella. Miraba por la ventanilla y me preguntaba cuál sería mi verdadera vocación, y si alguna vez iba a ser capaz de encontrarla; qué otra carrera universitaria elegiría si me animaba a ser valiente y dejaba la que estaba cursando.
La pregunta me mortificaba porque, en lugar de claridad, lo que volvía era pura sombra e incertidumbre, como la oscuridad de los montes y los potreros que se extendían del otro lado de la ventanilla mientras avanzábamos por la ruta. A la Jazmín de entonces, que sufría en silencio, me hubiese gustado decirle: no te preocupes tanto, te va a costar, pero vas a encontrar un camino propio.
La paloma se aleja hacia donde están los dos hermanos y su culebra. Imagino una disputa territorial entre ave y ofidio. El vuelo rasante, la amenaza del picotazo, la lengua bífida en clara señal de no me achico, dos pares de brazos toreando el aire, quizás un zapateo. Pero nada de eso sucede, porque ya no están. Ni los hermanos ni su cicatriz animal. Me desconcierta ese espacio vacío. Hubiera jurado que los escuché reírse hasta hace dos minutos. Miro hacia los costados, esperando verlos alejarse. No hay rastros, como si se hubieran desmaterializado o nunca hubieran estado ahí.
Por el altoparlante anuncian el arribo de un colectivo que viene de Clorinda. La voz tiene el mismo sonido de cueva que hace treinta años. Parece como si, en lugar de con un micrófono, la persona hablara desde el fondo de una gruta.
Una pareja de septuagenarios pasa arrastrando cada uno su valija. De la de ella cuelga una medialuna mullida, color lila. ¿A dónde se irán? Los imagino viajando a un lugar con mar, o con río. Los veo caminando bien temprano por una playa despoblada, con gaviotas. Al fondo se ve la escollera: una lengua de piedra hundiéndose en el agua.
Justo cuando estoy sintiendo la bruma salada, el rumor de las olas, el vientito en la cara, el anuncio de la salida de un colectivo rumbo a la ciudad de San Miguel de Tucumán me trae de vuelta.
Escribe María Gainza:
“Mi cabeza se ha ido por las ramas: las pequeñas alegrías de mi vida siempre tienen un pie afuera de la realidad”.
Ser fantasiosa no es lo mismo que ser dispersa, ¿o sí?
Reviso el panel digital que cuelga del techo del pasillo central, todavía no aparece mi colectivo. Hay un Cruz del Norte que sale a las 14.15 hacia Iguazú, un Chevallier que va a Bolívar, un Plusmar con destino a Mar de Ajó. Estoy segura que la pareja de recién se irá en ese colectivo.
Al lado mío, dos mujeres conversan sobre parientes. Hablan de que la tía Mirta está mejor después de la operación, de que Susy volvió renovada de su viaje a las sierras de Córdoba, de que Edgardo dice que va a hacer cosas que después nunca concreta. Aunque no sé el vínculo que las une, por la diferencia de edad y la intimidad con la que hablan intuyo que son madre e hija. Una lleva bolso, la otra no. La hija está estudiando acá y vino a acompañar a la madre, que la vino a visitar y ahora se vuelve a su casa.
Soy la chica del interior que vino a estudiar y decidió quedarse. Mi casa está acá, aunque muchas veces esté volviendo a las otras cuando escribo. Me gusta pensar que tengo más de una: la de ahora, la de cuando era chica, la de mis padres, la que me invento, las que vendrán en el futuro. Una casa es un lugar físico, pero también un hilo que nos une con todo lo que fuimos.
Dice un poema de Cristina Peri Rossi:
¿Cuál es mi casa?
¿Dónde vivo?
Mi casa es la escritura
la habito como el hogar
de la hija descarriada
la pródiga
la que siempre vuelve para encontrar los rostros conocidos
el único fuego que no se extingue.
Un grupo de adolescentes cruza delante nuestro arrastrando los pies. Sobre sus espaldas cuelgan mochilas como si fueran caparazones cansados. Miro el reloj: es la hora de salida de mi colectivo y todavía no tengo noticias. Reviso el horario en el boleto digital que me enviaron. Me paro y voy hacia donde están las dársenas, como si ese gesto acortara la espera o hiciese avanzar el tiempo.
Afuera, el calor golpea. Algunos espacios están vacíos y en otros hay gente haciendo fila frente a los micros estacionados. Las palomas revolotean entre las personas, los bolsos y las cajas de encomiendas. Busco el celular y aviso a marido y a mis hermanos que todavía sigo acá, que enviaré un mensaje cuando esté arriba del colectivo.
Una señora de unos setenta años duerme con los brazos sobre la falda y la cabeza colgando hacia un costado. Tiene las piernas estiradas sobre unos bolsos. Cada tanto tiembla y se sacude, parece como si se fuera a despertar, pero sigue durmiendo. Admiro la capacidad de algunas personas para dormirse en cualquier lado. Al lado suyo, un chico de unos diez u once años juega con su celular. Me pregunto si sabrá a qué hora tienen que irse y en qué colectivo.
“La empresa Vía Bariloche anuncia la la partida de su servicio de las 14.40 con destino a la ciudad de Tandil por la plataforma 46”, dice la voz de cueva. Parece que haber salido sí funcionó después de todo. Me acerco a la dársena que aún está vacía. Busco el ticket digital que me enviaron por mail. En mis épocas de estudiante, el boleto era de papel y se cortaba, una parte te la quedabas vos y otra se la dabas al conductor.
La mole verde avanza hacia nosotros con parsimonia. Dejo que los más apurados ocupen los primeros lugares de la fila. Cuando llega mi turno, el señor de camisa celeste y corbata que está en la puerta del micro pide mi DNI y lo escanea con su celular. Dice un número de asiento y me indica que está en el segundo piso. Elegí ventanilla para poder ver el paisaje. Mientras subo y camino apoyándome en los respaldos, vuelvo a tener veinte años, el pelo largo, la mochila cargada de apuntes de la facultad. Mi Delorean es un colectivo de larga distancia.
Durante las próximas horas, los campos, las vacas y los molinos aparecerán y desaparecerán por la ventanilla, igual que mis últimos treinta años. Emprendo un viaje al pasado mientras estoy viajando hacia al futuro.
La memoria, dice un poema de Cristina Peri Rossi, es una sobrevida.
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✨ RECOMENDACIONES ✨
En Argentina, el domingo pasado festejamos el Día de la Madre, así que mis recomendaciones de este Rastrojo tienen que ver con eso:
Fugaz, Leila Sucari (Tusquets)
En esta novela, Leila desmantela la maternidad de postal y la despliega como viaje errante, cuerpo que se agota, paisaje que arrastra nostalgias y certezas rotas. Cada escena —desde la criatura recién nacida que “dio asco” hasta las ballenas varadas en la costa— pulsa con una intensidad suave y feroz. Fugaz no ofrece respuestas convenientes, sino la claridad de lo que duele y sucede, inevitable.
Partida de nacimiento, Virginia Cosin (Entropía)
En Partida de nacimiento, la voz de la narradora se deja atravesar por la separación, la maternidad y el paisaje íntimo de una protagonista que vuelve a armarse. En esta narración fragmentada conviven la ternura, el humor y la mirada desnuda de las grietas que configuran lo que somos.
Un fantasma en la garganta, Doireann Ní Ghríofa (Sexto piso)
“Este es un texto hembra, redactado mientras doblaba la ropa de otros. Mi mente se aferra a él, que crece, tierno y pausado, mientras mis manos desempeñan innumerables tareas”. Así comienza este libro. La narradora, madre agotada de cuatro hijos, se topa con el lamento irlandés de Eibhlín Dubh Ní Chonaill y convierte esa herida silenciada en un latido propio. El resultado es tan íntimo como monumental: una novela-ensayo que entreteje maternidad y deseo de escritura, indagación y devoción.
✨ TALLERES ✨
La Cueva. Club de lectura (virtual)
En La Cueva, el club de lectura que coordinamos con Maica Trimarco, esta semana empezamos a leer dos historias preciosas de Alejandro Zambra: Bonsái y La vida privada de los árboles. Escribime si querés sumarte.
Lo pequeño indispensable. Escritura y vida cotidiana (¡Nuevo grupo!)
Abrí un nuevo grupo los lunes de 10.30 a 12.30 (horario argentino). El taller es quincenal y virtual. Todavía quedan dos encuentros. Escribime si querés sumarte y terminar el año escribiendo..
Referencias:
Wisława Szymborska, Es una gran suerte. Poesía no completa (Fondo de Cultura Económica).
Cristina Peri Rossi, Detente, instante, eres tan bello (Caballo negro editora).
María Gainza, El nervio óptico (Anagrama).
La obra de collage que ilustra esta edición es de Petra Heidrich.







Viajamos con vos. La escritura también es una sobrevida ❤️ Hermoso rastrojo
Claro que sí! Muy de acuerdo con vos en eso de que la escritura es una sobrevida ❤️❤️