Búsqueda e insistencia
Entrega 54: Una carta de amor a los talleres de escritura.
Dice que ahora no pasa un sólo día
sin intentar pulir la piedra
y rastrear en las aguas oscuras.
(Edgardo Zotto)
Es de noche, es de día y estoy arrodillada en un jardín. Escarbo la tierra con las manos. Toco lo seco, después lo húmedo; tironeo raíces. Encuentro piedritas, gusanos, una víbora ciega. Me duelen las yemas de los dedos, las uñas guardan una mugre oscura que tardará días en irse. No sé bien lo que busco, pero sé que está más abajo.
Betina González dice que hay que confiar en la escritura como un conjuro. Margarita García Robayo, que escribir es una búsqueda larga, intensa y constante de sentido. Hélène Cixous, que si no posees una lengua, ella puede poseerte, y por eso hay que hacer que la lengua te siga siendo extraña, amarla como a una prójima. Chantall Maillard que la lucidez es frágil.
Algunos sinónimos de escribir: hurgar, buscar, desenmarañar, desenterrar, desenredar, hacer crecer.
Esta semana y la anterior tuvimos los últimos encuentros del año de Lo pequeño indispensable, el taller de escritura y vida cotidiana que coordiné. El taller fue una apuesta y también una aventura. No podría haber tenido mejores compañeros de viaje.
Cuando lo imaginé, quería que fuera un espacio de experimentación y aprendizaje: una especie de laboratorio sensible, un lugar seguro en el que cada uno pudiera animarse a traer sus textos y leerlos en voz alta. No sabía que además de eso, iba a convertirse en un refugio.
La realidad siempre supera la ficción –si es que a los deseos podemos llamarlos ficción– y lo que se fue construyendo ahí fue hermoso. Pienso en la palabra comunión. También en comunidad.
Compartir con personas que no conocés poemas, relatos, textos en construcción es un acto de arrojo y un voto de confianza. Los talleres no hubieran sido nada sin eso, le hubiera faltado lo más importante: la vida. En los encuentros compartimos mucho más que textos en un drive: compartimos buenas y malas noticias, miedos, deseos, preguntas, fantasías. Nos reímos, lloramos, nos emocionamos, nos conmovimos, nos sostuvimos.
Pensar la escritura es también pensar la vida. Y escribirla es un ejercicio arduo de traducción. Requiere tiempo, paciencia, oído y un montón de borradores. Hacerlo en compañía de otros no sé si lo hace más fácil, pero sí más fértil.
Ir a un taller de escritura es una experiencia que te transforma. Lo sé porque lo viví. Fue el lugar en donde me formé, donde aprendí a leer los textos de los demás y también los propios; un espacio que me sostuvo en la escritura en las épocas malas. El lugar en donde entendí que la escritura también –o sobre todo– es un proceso colectivo.
La vida es corta, fugaz como un relámpago, y escribirla es un modo de quedarnos más tiempo en las cosas. Es una ficción, pero ¿a quién le importa? Escribimos, mentimos, inventamos y tergiversamos para construir una clase de verdad. Una a la que no es fácil llegar, pero igual nos empeñamos.
Cuando trato de entender qué es esa verdad que perseguimos al escribir, vuelvo a estas líneas de Virginia Cosin:
“La materia de la verdad es impalpable: como en la perla, su pureza no es otra que la impureza. La perla está hecha de la invasión de un cuerpo extraño en el interior del molusco, de superposiciones. Capas y más capas. Del mismo modo, la escritura está hecha de fragmentos que componen una apariencia de totalidad, pero son recogidos de zonas diversas: la imaginación, las lecturas, las proyecciones, las fantasías, las sensaciones, todo eso reunido por una lengua. Algo es legible en la medida en que el que lee puede reescribir el texto para sí y crear una ilusión. Ahí no hay una realidad. Debajo de esa apariencia no hay nada más. La verdad es eso: una apariencia.
Dedicamos horas, cuadernos y bits a buscar algo que no sabemos bien qué es ni qué forma tiene. Tachamos, rompemos, volvemos a empezar. Insistimos. No sé del todo por qué lo hacemos; quizás porque no sabemos estar acá de otra manera que escribiendo.
A Sebas, Guadalupe, Mario, Lucre, Noly, Graciela, Verónica, Keila, Analía, Natalia, Graciela, Tata, Norma y Mar ¡Gracias! Fue maravilloso compartir este tiempo y ojalá el próximo año podamos seguir reuniéndonos alrededor del fueguito de la escritura.
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✨ RECOMENDACIONES ✨
Por más escondida que esté, Maia Debowicz (La Crujía)
Me encantó este libro. Maia Debowicz traza con valentía los contornos de un cuerpo asediado —sus miedos, confusiones, desgarros— y al mismo tiempo sostiene la ternura, la memoria y el cuidado como posibles rescates. La novela desdibuja los bordes entre lo clínico, lo real y lo fantástico, dejando que lo monstruoso y lo poético convivan en fragmentos de vida tan intensos como dolorosos. Leerla duele y conmueve, pero deja un rastro: un gesto de compasión, una pregunta sobre lo que somos cuando ya no reconocemos nuestro cuerpo.
La pizarra mágica, Virgina Cosin (Vinilo Editora)
Virginia Cosin dibuja los trazos difusos de una voz en búsqueda, ese lugar donde memoria, lectura y escritura se entrelazan para dar forma a quienes somos. El libro se mueve entre lo íntimo y lo ensayístico. A partir de retazos de infancia, dudas, lecturas, talleres, nos dice que escribir —y leer— es, sobre todo, un acto de persistencia. Cosin no promete certezas, sino la “propia musiquita”: esa lengua secreta de sensaciones, de sueños y de búsqueda, que hay que rescatar aunque cueste.
Referencias:
Edgardo Zotto, La tardanza. Diario del regreso (Mansalva).
Margarita García Robayo, Aprender a ordenar armarios.
Hélène Cixous, La llegada a la escritura (Amorrortu / editores).
Chantal Maillard, Hilos (Tusquets editores).
Virginia Cosin, La pizarra mágica (Vinilo Editora).




Hermoso Jazz, ya quiero volver a ponerme a escribir 😍
una belleza, Jaz